La Guitarrera.
La Guitarrera.

      «Hay muchas locitas que tienen su historia, su leyenda propia. Como esta famosa guitarrera que se vende tanto, y es regalona de los gringos. Dicen que era una chiquilla enamorá que tenía su novio y, en la noche de San Juan se pusieron de acuerdo pa’ juntarse bajo la higuera, sacar las flores y hacerse ricos. Claro, como el novio no llegó, se convirtió en piedra. Y se quedó con la guitarra en la falda cantándole al amor».

Anita García, locera.

Mapa de la zona.
Mapa de la zona.

      Y la Lola Riola, la Práxedes Caro, la Juana Montes, la Griselia Caro y muchas mujeres más -en total cerca de cien- repartidas en el pintoresco caserío de Quinchamalí, situado a 30 kilómetros al sur de Chillán, forman hoy la numerosa familia de las loceras de esa zona. La mayoría (edad promedio: los cuarenta y sesenta años) pertenecen ahora a la generación de las viejas "barreras" que heredaron de sus madres y abuelas el arte de modelar la greda para dar vida a la loza negra y los chanchitos de tres patas, las cabritas, los cántaros y las tacitas que constituyen una de las muestras artesanales más antiguas de los alrededores de ChiIlán.

      Así como amasan tendidas sobre el suelo, como acarrean el guano a través de largas distancias para teñir sus figuras, así como han dedicado gran parte de sus vidas a crear sobre la greda, las loceras reparten el día también en el cultivo de pequeños terrenos que han heredado, y en la crianza de animales. Quinchamalí es una zona de pequeños predios agrícolas que surte de trabajo a los varones, a los maridos de las loceras, y les permite a ellas vivir además de lo que les da la venta de uva, cerezas, peras, manzanas.

      Las casitas están sumergidas entre arbustos, parras que asoman en el camino, crecen y se multiplican al lado sur de la línea del tren que va de Chillán a la costa. Allí es donde viven las creadoras de la loza grande, y más al norte, atravesando la línea, se agrupan la "jugueteras", que se dedican a la loza atística. A reproducir las más variadas figuras de animales.

      —Y de ahí nomasito soy yo, Ana García Figueroa, hija y nieta de locera y de mi abuelito Carmen García Sepúlveda. Aquí en Quinchamalí hacen nata las García, las Caro y las Romero. La cosa se estila entre primos y parientes. Pero viene de repente un mozo de afuera y se casa con una locera, y agrega nuevo apellido.

      Encuclillada sobre el piso de tierra, a un lado el montón de greda húmeda, mas allá las guitarreras y pavitos, un balde de agua, Anita García hoy día piensa amasar. En los últimos días estuvo terminando una loza de "juguete" (docenas de figuritas animales, muy chicas) que su hija, la Maruca, ofreció a los integrantes del Conjunto Inti-Illimani. Robusta, morena, sonrisa pícara, Anita es una de las loceras que han salido a las distintas exposiciones organizadas por Bellas Artes. Bordea los cincuenta años, y de los cinco trabaja la greda.

LUISA ULIBARRI, 1973.

LAS LOCERAS DE QUINACHAMALÍ
Y la leyenda de la figura de greda.
La Guitarrera

      A unos treinta kilómetros de Chillán, en el camino hacia la costa, junto al Itata, está Quinchamalí. Hoy es un pueblo campesino, agrícola. Antes fue un antiguo asentamiento indígena. Durante la Colonia, fue reducto mapuche. Las mujeres aborígenes dejaron sentada su fama de centro alfarero, habilidad y arte que han mantenido las loceras, generación tras generación, hasta llegar a las actuales.
      Los alfareros aborígenes se congregaron en Quinchamalí porque aquí encontraron los elementos que necesitaban para su trabajo, las tierras vegetales, la greda, las plantas que proporcionan las tintas. Quinchamalí es una región de rica vegetación. Su nombre procede, precisamente, de un arbusto que servía a la antigua farmacopea herbolaria de los indígenas.
      Cuando los conquistadores llegaron a esta región, encontraron que los mapuches practicaban la cerámica, la cestería y los tejidos tal como en el resto del país, pero la primera con mayor habilidad. Esa tradición artesanal se conservó muy pura hasta hace poco tiempo. La mayoría de los utensilios y artefactos domésticos usados por la población de esta región son todavía del mismo tipo que los que encontramos en las tumbas mapuches, donde los cadáveres eran colocados junto a vasijas y alimentos para las necesidades del largo viaje. También se encuentran en esta cerámica las huellas de la influencia posterior española: en la cerámica zoomorfa, en las mujeres con guitarra, en los dibujos de flores. La moda del arte popular ha perjudicado mucho a las formas tradicionales de la cerámica de Quinchamalí, ocultando los antiguos modelos.
      Las artesanas de Quinchamalí están divididas en dos grupos y la marca divisoria es la línea férrea que atraviesa el pueb1o. Al lado norte, camino hacia la escuela, viven las loceras que hacen ‘juguetería’, objetos pequeños y que se caracterizan por las formas más modernas. De este grupo surgió Prosperina Venegas, creadora de1 "chancho-alcancía". Al lado sur de la línea, camino a Santa Cruz de Cuca, entrando por el Callejón de las Ánimas, viven las loceras que trabajan las formas más antiguas con las técnicas más tradicionales.
      Bajo las arboledas, junto a los guindos, las mujeres de Quinchamalí pasan diariamente largas horas sentadas en e1 suelo, con las piernas cruzadas, amasando la greda en este oficio de siglos que en sus manos torpes se transforma en arte. La alfarera trabaja, conversa, da órdenes a los niños. A su lado hay una batea de madera con la greda cruda y molida. Al otro lado una callana con arena fina y lavada para dar firmeza a la greda. Al frente, una tinaja con agua. Como quien amasa pan, esta alfarera amasa su greda sobre un tablón inclinado hasta darle consistencia firme y uniforme. Pacientemente va acumulando la greda, que se cubre con paños húmedos. Cuando tiene preparada una cantidad adecuada, comienza el trabajo creador donde las manos son pura sensibilidad. Usan só1o las manos para dar las formas. Só1o al final utilizan espátulas de madera o conchas de choro para suavizar las irregularidades que deja la mano.
      Las formas creadas van colocándose a la sombra de algún árbol o bajo algún techo para que se "oreen". Una vez que han perdido la mayor parte de la. humedad, se pulen con piedras suaves. En ese momento se hacen los grabados o decoraciones con una punta de hueso o de palo duro. Después se procede a la ‘quema’ de las piezas preparadas días antes. El interior se llená con ‘rescoldo’ y luego se cubren con brazas y ceniza. Si la pieza es fina, no se la pone en contacto con las llamas. Como el cocimiento cambia el color de 1as gredas, no siempre se puede estar seguro del que tendrá en definitiva a menos que se conozca bien la composición de las tierras usadas. Cuando se quiere obtener alfarería negra se emplean gredas libres de óxido de fierro que es el que da el color rojo a la cerámica de Pomaire, y la quema se hace con leña verde, que produce un humo espeso y pegajoso que ennegrece la superficie. En Quinchamalí la técnica del ennegrecimiento es diferente: una vez enrojecidas al fuego ordinario, las piezas se secan y se envuelven en paja de trigo que, al quemarse, las ahuma y las deja como azabache. Después de enfriadas, se pulen.
      La última etapa de este trabajo es la decoración. Estas mujeres usan caolín y tinturas de origen vegetal que se aplican con pinceles hechos por ellas, increíblemente primitivos. Los motivos decorativos que usan son, en su mayoría, aportes post hispánicos y se refieren a flores y a motivos geométricos.

HERNÁN SAN MARTÍN, en Nosotros Los Chilenos, Editorial Austral, Chile, 1970.


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