Plácidos brazos pidiendo por Dios
lleno de harapos el alma con dudas,
sus manos se tienden humildes sin voz
golpeando las puertas cerradas y mudas.
El viento que pasa parece decirle,
tú tienes la culpa de haberte perdido
y el pobre mendigo quisiera pedirle
al viento, a las nubes yo quiero el olvido.
Tan solo por eso se pone a llorar,
le vuelve del alma su triste pasado,
mirando al vacío lo quiere contar.
Veinte años en la selva de la vida,
torbellino de ilusiones hacia el cielo,
ambiente asfixiante de cantina
y escupitajos lanzados por el suelo.
Prostitutas callejeras que convidan
al amor de la carne que se vende,
y él en medio arrastrándose en la vida,
son un cuerpo y una alma que se
pierden...
El cuerpo gozaba, el alma sufría,
placeres, pasiones y risas perdidas,
olor de tabaco y vino regado
después el silencio el licor lo ha logrado.
Todo eso pasó, esa era la verdad
pero tiene ahora ganas de llorar,
pues siente que es otra
la cruel realidad.
Sin tener a nadie, perdido en el camino
se aleja el pordiosero sólo y sin amigos,
las lágrimas caen cual gotas de vino
que pierde, que cura y siempre es el mismo.
Con pasos vacilantes la frente inclinada,
quizás con vergüenza que él sólo comprende,
le tiemblan las manos, la espalda encorvada,
camina adelante pidiendo la muerte,
pensando en la vida que otrora gozaba
y que el tiempo a borrado quizás para siempre.
Chillán - Chile
SU TRAGEDIA
Como suave ola de la mar tranquila,
como ave que cruza con suave aleteo,
tú voz o Violeta, cual dulce gorjeo.
Nos endulza el alma como miel que estila.
Que ejemplo aquel tuyo de alegría sana,
que ensancha el corazón amortajado,
del campesino pobre que vive cansado.
De toda persona de raza humana.
El puñal de la muerte se cruzó en tú vida,
puso fin a todo, puso en tú alma el peso,
que existe en todo el alma que se sienta herida.
Te cogió la muerte con su frío beso.
Que sirva de ejemplo la historia que encierra,
todo tu existir, todo el sufrimiento
se esfumo cual suspiro que se lleva el viento,
Y que sólo comprenden los que aman la tierra.
Hoy estás en una tumba hundida,
tu espíritu busca por esos rincones
los temas que en vida hiciste canciones,
esperamos todos que vuelva tu vida,
para ya alegrarnos con dulces sones.
Y despertar las almas que están dormidas.
Chillán - Chile, 1969
PASADILLA DE TREN
El tren iniciaba su marcha
y luego corría vertiginosamente,
los vidrios de las ventanillas
se habían empañado,
la noche mojaba en pequeñas gotas,
unto a ella el humo de mi cigarrillo
revoloteaba y cubría
todo de una misteriosa lejanía,
de pronto esos cristales
se transformaron en rostros,
eran caras espectros cubiertas de lágrimas.
Que se escurrían por esas frías mejillas.
Y afuera galopaban los cerros
mostrando su desnudo vientre
y su piel agrietada sangrando humedad,
la locomotora con su cabellera suelta
corría, corría mientras los árboles
se apartaban temerosos
y lejos la contemplaban asustados
lanzando alaridos de hojas,
que me apretaron la conciencia
y me despertaron con un latigazo.
De dulzura.
Chillán - Chile, 1971
CONSUELO DE CANTINA
Los rostros tienen algo de fiereza,
cuando el licor no los domina
y en más de alguna frente hay tristeza.
La tristeza del tedio que asesina.
A veces, un borracho la cabeza
apoya en el mesón de la cantina,
en que el licor a (ludir) empieza
Con el vuelo fatal de la morfina.
A veces para algún bohemio errante,
que sueña con la estrella más distante,
y pide en la cantina algún licor.
A veces para el que será suicida.
Y pide para el tedio de la vida,
algo que anestesie su dolor.
Allí llegan también los fracasados.
Los adolescentes, los dueños de la vida.
Los que nunca supieron ser amados.
Los que nunca han tenido una querida.
Los que han cruzado todos los caminos.
Los que han sufrido todos los dolores.
Los que nunca en su fe de peregrino.
Bebieron el amor de los amores.
Allí llegan también los mercaderes
de la prosti, los que a porfía.
Buscan en la cantina los placeres.
Para acallar su gran melancolía.
Allí también concurre el emigrante,
que el rostro de la muerte lanzó el guante.
Y al resto de los hombres ¡ Maldición!
Allí está el vagabundo aventurero
que maldijo con su gesto fiero
¡Mugrienta Civilización!
Chillán - Chile, 1972
NOCHE DE PROSTÍBULO
Como siempre no iba solo.
¿ Entramos?
¡ Bueno entremos!
recorrimos un largo pasadizo
angosto y tortuoso,
oscuro y sucio,
el típico pasadizo de prostíbulo,
por donde transitaban fantasmas
desdentados y pálidos,
y almas de muchos rufianes
o quizás infelices,
que vieron sus vientres.
Vaciado por siniestras navajas.
Es un pasadizo angosto y disparejo,
por donde se deslizan las sombras
poseídos de ocultos terrores sexuales,
y por donde se escurren
nubarrones de carnes sueltas
y dentaduras de sexos.
Con dientes de sombras y huesos.
El corredor de paredes frías,
chorreadas de miedo,
y secretos descarnados.
Y al final el salón.
Una pieza amplía llena de sillones,
sillones mutilados,
cuyos resortes gimen
por el esfuerzo de tantos años,
sucios y manchados de orgía
y luego mujeres,
mujeres flacas y gordas,
soñolientas y cansadas,
terriblemente aburridas,
entraban a pasos lentos
su ser meditabundo y silencioso,
castañeaban extraños misterios,
al verlas pensé
que aquellas mujeres
de la vida alegre,
nunca habían tenido una alegría
probablemente ni la conocían,
era la burla del destino
que les negaba hasta la dicha
de acostarse con el hombre amado,
pensé también que el odio
se había transformado en ellas,
en goce voluptuoso
y que desde entonces
venían forjando universos
de ideas, que eran para ellas.
Un oasis de mentira y dolor.
Esa noche ni aquellas vírgenes
de alcohol y tabaco,
que al envejecer
el insulto y desprecio de la sociedad,
la desesperanza, la congoja,
el desengaño y la indiferencia
y reían, caían las carcajadas.
Frías y angustiosas.
Ellas no saben reír una carcajada,
son sollozos secos,
como risas de esqueletos,
yo creía estar angustiado
por el mundo vil y perverso,
pero esa noche no sé
con qué carcajadas del destino
huí de ese rincón,
de cinismo y sufrimientos,
mientras mi conciencia repetía
el eco de esa carcajada
que no nacía, sino que parecía morir
y me impulsaron a oír como angustias,
congoja, bajo mis pies
las tablas enajenadas del largo pasadizo
angosto y tortuoso, oscuro y sucio,
que me vio salir apresuradamente.
Y que nunca me verá regresar.
Chillán - Chile, 1972
SANTIAGO Y SU SOLEDAD
Caminaba sin rumbo alguno.
Los sollozos se ahogaban en mi pecho.
¡Que doloroso es vivir !
Recorrí calles desconocidas,
perdido del tiempo y espacio,
una gran muchedumbre
de hormigas humanas me rodeaban
pero yo estaba solo.
Sólo perdido, en la inmensidad.
Parecía encontrarme
dentro de un vientre vacío,
fuera de él sentía un enjambre de abejas
revoltosas, calculadoras y miles,
y al caer la sombra del crepúsculo
se hizo el silencio,
y que horrorosa fue para mí
la agonía de la luz de ese atardecer,
como una pantera enorme
se quedó la sombra,
salpicada con su sangre
y yo miraba las estrellas
que iban desparramándose
sobre la superficie
de un lago endurecido,
como racimos de piedras preciosas,
llorando manantiales
de lento caer de cenizas
de arco iris sobre el metálico
Espejo de la vidriera.
Dentro de los bares
los bebedores discutían con entusiasmo.
A mí lado pasaron tres mujeres
silenciosas y tristes,
eran de esas que ofrecen con humildad
pordiosera sus caricias,
iban apenas con el cansancio de sus carnes fofas,
aun jóvenes y ya arrastraban
con angustia el espectro
de su inmensa desdicha,
y también arrastraban penosas.
El féretro de sus desilusiones.
Era el amanecer,
el frío me perseguía
como un perro montañés
y a cada instante sentía el roce
de su pelaje de escarcha.
Empecé a sentir la desesperación,
era para mí una sombra inquieta
de cuerpo denso y cabellera apelmazada
y la sentía y la veía,
iba de un lugar a otro retorciendo su...
Era una bailarina infatigable.
La vi rodar por el suelo
ya no es una mujer, ni un niño,
ya es un esqueleto de puerco,
junto a los vidrios de ventanas
Y la aurora dejó un reflejo.
Por fin volví sobre mis pasos,
vi en la esquina mendigos y pordioseros
con sus dedos atrofiados y secos
muñones de penosa repugnancia,
piernas inflamadas y raquíticas guaguas
agitando sus débiles manitos,
mujeres que iban a penas por las calles
y fecundas buscando la vida de niños
que a veces salían a las calles
y que frente a la miseria que los vio
Nacer. Lloraban.
Lloraban por no poder soportar el poder
que los cansaba, los mordiscos de la miseria
y si alguno sonreía
su sonrisa se congelaba
amarga en sus manos amoratadas.
Niños que nacieron amarillentos
y que con su cansancio al hombro
vagan por el pavimento untado de insultos.
Hombres, mujeres y niños encuentran
a su paso un mundo de hediondez
y trágica cubierta de mugre,
todos viven huyendo, perseguidos
siempre por el asco, la repulsión y el odio,
llevando todos en su rostro
Las huellas de la inmensa soledad interior.
¿Y más allá de la miseria?
Mujeres fragantes y ebrias de orgullo
y riquezas,
pasean costosas pieles
y aros de brillantes legítimos,
pasan masticando exquisitos bombones,
desganadas se dejan arrastrar
por perros que visten y comen
cien veces mejor que los hijos
de la miseria, cuya única culpa
Es haber nacido en ella.
Chillán - Chile, 1972