Jorge Arriagada González
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De nuestros lectores
CUENTO
Era un día nublado, acababa de cruzar el estero Nilahue, cuando comenzó a chispear, bajé el vidrio, estiré la mano, una gota cayó sobre mi palma, algo extraño sentí, lo que hizo detenerme y observar mi mano, allí estaba una gran gota de agua transformada en un rostro alegre, que al mirarla me sonrió, cerré mis ojos, pensé que soñaba, pero al abrirlos nuevamente continuaba sonriendo, era real.
Ella dijo – Déjame caer al suelo, para volver a vivir. En ese momento pensé que no podía tener más de una vida, todo lo que conozco nace y muere una sola vez, déjame caer, para regar el seno de la tierra y así poder dar lozanía a la pradera y vigor a los árboles, me dijo, en tono suplicante. Al expresar su deseo de abrazar a la tierra le pregunte: ¿A qué se debe tal necesidad? Su sentido natural la motivo a responder: ¿Acaso no sabes que soy lo más importante, la esencia de la vida?, todos los seres me necesitan, los árboles, las aves, los animales y el hombre, tú como tal, consumes directa o indirectamente un promedio de tres mil litros de agua por día y un árbol puede ocupar mas de cuatrocientos litros por día, así yo estoy presente en todos los seres, cuya existencia sin mi sería imposible, entonces comprendes lo importante que es para mi que me dejes caer. Yo vuelvo a vivir, porque tengo un ciclo, vivo mientras estoy con ustedes, luego al evaporarme muero, para comenzar todo de nuevo. Pero aquí no hay nada, sólo vienes a causar erosión, arrastras la tierra al mar, y dejas al campesino sin suelo que sembrar. Ella asombrada por mis palabras contestó con firmeza: "Yo no tengo la culpa, parece que no recuerdas que ustedes los hombres, cortaron los árboles de los cerros de La Palmilla, para dedicarlos a la agricultura, sin ninguna precaución y aún lo continúan haciendo". Yo estoy para dar vida y no para destruir, como ustedes lo hacen, mis hermanas que van en el estero ya no quieren estar ahí.Como yo tampoco quiero vivir sobre esta tierra de La Palmilla, desnuda y desgarrada, correré por sus laderas y sólo tierra arrastraré, del río al mar y del mar al cielo, todo en un instante, mi vida tan corta será, por favor acércame a un árbol. En ese instante la agonía de una sola gota de agua me hizo comprender, cuanto daño hemos causado, y aún lo seguimos haciendo. No quise seguir pensando, solo quería poder satisfacer el deseo suplicante de ella. Miré a mi alrededor y no quedaba ni un sólo árbol, solo suelo erosionado, con profundas cárcavas, que parecen grandes heridas, que no sangran, porque ya no tienen vida. Ella al mirar mi rostro comprendió que en este momento, su súplica no podía satisfacer, entonces reaccioné y le dije: No te preocupes es tan solo por esta vez que te abandonaré, pero me comprometo que hoy en adelante por ti lucharé, ella comenzó a sonreír y me dijo: En ti confiaré. Jorge Arriagada González
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