Leyenda de La Guitarrera.
CUENTOS DE SERGIO MÉNDEZ



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En Chillán:
Luis Isla Stuart

EL CAMINO



Empezó a abrir los ojos lentamente; la modorra de un sueño pesado, cargado de pesadillas le tenia todavía embotada la conciencia; a su alrededor todo era obscuro, no se notaba ninguna claridad, el lecho era terriblemente duro. Lentamente se fue dando cuenta que había dormido sobre la tierra, e quien sabe cuantas hora había permanecido allí; los miembros entumecidos y rígidos, que le impedían todo movimiento, ni siquiera podía ponerse la mano en la espalda para masagearsela un poco pues la tenia muy adolorida; el cuerpo, su cuerpo se resentía por el tiempo pasado tendido sobre aquellas duras piedras y cascajos que se incrustaban por todas partes.
     No tenia conciencia del tiempo, quien sabe cuantas horas o días ( Dios mío!) había pasado en aquella posición y además aquel lugar lúgubre estaba totalmente obscuro. Pa él, sin lugar a dudas era de noche, pero a pesar de eso le aprecio muy extraño que a sus alrededores no se sintiera ninguno de los ruidos que es normal sentir en la noche; los ruidos que producen los mil habitantes de la obscuridad o los rumores que general los objetos al ser movidos por el viento o por animales nocturnos que viajan desde el atardecer hasta el alba. No llagaba hasta ese lugar ni siquiera una brizna de aire en movimiento, todo era quieto.
     Trató de incorporarse y no lo logró, los miembros no le obedecían, estaban agarrotados duros y rígidos; sintió que una gran fuerza, desconocida para él, lo aplastaba y lo obligaba a estar en posición horizontal, sobre el suelo.
     Todo era duro, obscuro y frío, le era difícil encontrarse con su consciente. Se iban sucediendo, pasando como un vertiginoso film mudo, a su memoria imágenes borrosas y sin estar articuladas unas con las otras, era un film proyectado a pedazos y el trataba de aferrar algunas de aquellas imágenes sin lograrlo. Lo que se le hacia más difícil de entender eran los vacíos que poblaban sus recuerdos y que no lograba llenar en los momentos de lucidez.
     Afluían a su mente, horribles pesadillas, seres espantosos, cancerberos de tres o cuatro cabezas, negros, inmensos que vomitaban fuego por las narices y pestilencias por sus horribles fauces que golpeaban y arrasaban las luces de un amanecer.
     Trató nuevamente de moverse, sacudiéndose de la pesadez que lo obligaba a estar adherido al terreno, y nuevamente no lo logró. Sus rígidas manos poco a poco adquirían movilidad y sus dedos que lentamente se iban moviendo tocaban tierra, piedras y pequeños cascajos. A un cierto momento toco algo que le dio la impresión que era tela, siguió explorando en esa dirección, y siguió tocando lo que podría ser jirones de una pieza de vestir, después se dio cuenta que dentro de esos vestidos había un cuerpo rígido, se dio cuenta que un extraño olor invadía aquel ambiente, no lograba determinar a que cosa, pero estaba totalmente seguro que en quien sabe cuantas otras oportunidades lo había sentido.
     Su mano siguió explorando aquel rígido cuerpo, frío inmóvil, como frío y rígido estaba su cuerpo, a un cierto momento toco algo fangoso que se adhirió a su mano y era el mismo liquido viscoso que impregnaba parte de su cuerpo y la tierra que estaba alrededor de él.
     De pronto todo se hizo claro, brutal terrorificante en su conciencia, estaba aprisionado bajo la tierra; el abismo de negrura que lo habìa invadido quien sabe por cuanto tiempo se rompia por los chispazos de recuerdos.
      Es de noche y camina con Eloy y Manuel por los campos; todo era una suceciòn de acontecimientos que, ahora, afluian con violencia a su memoria, desordenadamente mesclandose sin un orden logico. Se sucedían imágenes casi bucólicas de su infancia recorriendo algunos campos en compañía de otros niños detrás de algunos perros, cazando entre espinos, mejor dicho jugando a ser cazadores. O en una calle durante un invierno, llena de lodo, donde deslizarse jugando sobre la escarcha; jugando con agua o con fuego o con las mismas imágenes que iban quedando atrás. De repente, el viento que suavemente movía los árboles, traía los pequeños rumores de la noche, éste venia de la montaña y era frío y cargado de humedad. Ya, pare él, era claro lo que más recordaba el rumor producido por el paso de personas por entre los matorrales, o el ruido de pies calzados con gruesos zapatos que al caminar chocaban con las piedras del terreno.
     Tropezaban, caían, se levantaban con las manos adoloridas por los golpes; las armas que llevaban chocaban con los arbustos se enredaban en ellos, y producían aquel olor mezcla de aceite, grasa, metal y pólvora. Y corrían, y corrían con ansiedad por entre los árboles del bosque, o bajo las sombras de los que formaban parte de los cercos que dividían las propiedades.
     Esto era lo que golpeaba más fuertemente su consciente y su memoria y la envolvía girando y girando, hasta dominar totalmente su pensamiento y recuerdos. La noche aquella fue durisima; habìan caminado y quien sabe por cuanto tiempo y por cuantos kilometros habìan corrido. A veces corría solo; otras,junto a Eloy y Manuel, cuyas figuras se hacian cada vez màs nitidas, y todo parecia detenido en la obscuridad de la noche. Fue marcado a fuego en su mente lo difícil y largo del camino que iban recorriendo y que aprecia interminable. Las piernas y los brazos a cada momento pesaban más y más, y el arma que llevaban en las manos pesaba más y más.
      Manuel estaba cerca de él, se deslizaba rápidamente y con mucha precaución. Las razones del porque se encontraban allí de esa forma corriendo por el monte, tropezando, cayendo, rompiéndose los vestidos, era para ellos clarisima; sin embargo no se hablo nada de èsto durante todo el trayecto, mejor dicho no se hablo de nada, excepto de algunas indicaciones sobre los accidentes del terreno o se sentian las exclamaciones de rabia o de dolor, cuando caian o se masajeaban la parte del cuerpo golpeada y adolorida, la luz apenas les permitia ver tenuemente el lugar donde iban poniendo los pies. Ellos sabían lo difícil y masacrante que era el caminar en esas condiciones sobretodo de noche; pero a pesar de eso habían iniciado la marcha, sabían que al hacerlo dejaban un sinnúmero de huellas detrás de ellos, matorrales quebrados, pequeños trozos de vestido, la hierba que permanecía doblada después de ser aplastada. Todo esto demostraría a los que venían detrás de ellos que por allí había pasado;encierto sentido tenían la esperanza que sus huellas se confundieran con las de los campesinos que habitaban por esos lugares y que no eran muchos; que seguramente pasaban o pasarían por los mismos senderos por los cuales ellos estaban transitando.
     Eloy era aquel que continuaba a permanecer retrasado, ante esto los otros dos caminantes disminuían la marcha para esperarlo; èl era el que iba màs cansado, hacia cerca de dos noches que no dormian; todo el reposo que habìan hecho fue el de descansar por media o una hora en el pueblito donde habìan tomado las armas, antes de iniciar el camino hacia la montaña. Los otros dos estaba preocupados que Eloy se les quedara dormido y ellos no se dieran cuanta y de esa forma perderlo en el camino; o terner que cargarlo para poder continuar, y esto haria la marcha màs dificil...
     Nuevamente trató de incorporarse, levantarse de la tierra donde yacía, pero había una fuerza poderosa que lo obligaba a estar en posición horizontal. Trató de hablar, de gesticular, de gritar, de dar un gran grito un alarido, y constato que de sus labios rígidos no salió ningún sonido, su boca permanecía muda. Volvía continuamente la cabeza hacia el lugar donde había tocado aquel cuerpo, tratando de entender, de comprender, de reconocer a quien pertenecía. No lo lograba, era muy difícil.
     A su conciencia se fueron haciendo más claros y más nítidos los olores que impregnaban aquel ambiente; esa extraña atmósfera estaba envuelta de un desagradable olor. Se llevo la mano al abdomen y tocó, palpó una masa gelatinosa, pegajosa, informe que lo cubría y lo que le pareció más extraño fue que no sentía nada de aquella parte del cuerpo, no se había dado cuenta de su existencia, era como si todo eso estuviese fuera de él.
     Tocó nuevamente el cuerpo que estaba su lado, lo movió y no consiguió ninguna respuesta de parte de él y sin embargo permanecía allí. El tiempo era una cosa interminable, no pasaba, eran años, décadas que estaba allí, en aquella obscuridad inmóvil.
     Eloy continuaba a quedar rezagado, y no lo sentían nuevamente, no sabían si se había extraviado, perdido en los senderos de la montaña o sencillamente podría estar tendido bajo alguna mata de quila o boldo durmiendo de cansancio; se detuvieron a esperarlo, sentados bobre algunas piedras que la escasisima luz que iluminaba aquella gran obscuridad les permitia ver. Esperaron vario minutos y nada, Eloy no aparecía, no les parecía posible continuar la marcha sin él, estaban seguros que aquel se perdería en la montaña. No podían llamarlo a viva voz esperaron y esperaron, el tiempo paso lentamente hasta que se convencieron que a Eloy no lo verían más y seguramente se había extraviado en el monte y en ese preciso momento quien sabe hacia donde se dirigía, y este quien sabe no era referido a terceras personas; sino, tambien referido a él, que no conocía la zona.
Tenían que llegar aquella casa de manera de permitirse un pequeño descanso y reposar de las fatigas del largo viaje; al menos estar todo el día allí. Antes de llegar a ella, tenían el gran trabajo de encontrarla, cosa que no era nada fácil, allí vivía gente de confianza que los podría proteger; conversar con la gente, con los campecinos, con los compañeros. Después continuar viaje hacia el interior de la cordillera y permanecer allí.
     Se pusieron de pie, continuaron a caminar con la esperanza que Eloy lograra llegar después que ellos; el monte se hacia a veces màs ralo y con espacios cultivados, que denotaban la presencia del hombre. A lo lejos divisaron una pequeñisima luz y supusieron que era la casa a la cual se dirigían. Se detuvieron a descansar por última vez, después empezaron a deslizarse lentamente hacia el lugar protegiéndose por las partes más obscuras que estaba al lado de los cercos de zarzamoras. Todo estaba tranquilo, una pequeña brisa soplaba desde la cordillera refrescando el ambiente.
     No les pareció raro que en aquella casa no hubiesen perros, que los hubiesen sentido en la distancia y que se pusieran a ladrar. Al improviso, un rayo, un centenar de relámpagos ilumino el paisaje, dejando ver tenuemente el horrible cancerbero de tantas cabezas que se lanzo contra los viajeros. El trueno golpeo brutalmente sus oídos, traspasándolos para ir a rebotar y hacer eco en las faldas de lo cerros, era un eco que arrasaba todo. Mil rumores se hicieron presentes, el cielo se enrojece con los relámpagos y las nubes enloquecen en una carrera sin fin para perderse en un gigantesco y obscuro remolino de aire y ser absorbidas por él.
     Permanecía allí todavía, no lograba moverse, su mano se deslizo nuevamente hacia un costado, lentamente adquiría movimiento, no podía levantarla mucho, no podía levantarse.
     Tocó otra vez el cuerpo que estaba su lado, lo removió, lo tomo de un brazo tirándolo, no tuvo ninguna respuesta. Al fin se dio cuenta que era Manuel que estaba allí inmóvil como él, sumergido en aquella obscuridad impregnada de acre olor, que no era otra cosa que el olor de la sangre coagulada, olor a pólvora, a tierra y barro.

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