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LA GUITARRERA ESTUVO EN EL MUSEO FRANCISCANO



Eran como las 3 de la tarde. Luis, corresponsal de la revista, y yo, cámaras en manos, entramos en la iglesia y nos fuimos por un costado de la nave hasta una puerta ubicada a la altura del altar, y en puntillas, para no interrumpir al sacerdote que daba misa a algunos estudiantes de enseñanza básica, pues era víspera de Semana Santa.
Nos atendió el recepcionista, pagamos 500 pesos, nos dio una hoja doblada, la guía, y subimos al museo por una escala angosta, apenas alumbrada por la luz que entraba por una ventana de arriba.

UN AIRE FAMILIAR

El aire era limpio y el orden, modesto, de buen gusto, aunque nos extrañó la falta de información y de indicaciones en los objetos que se exhibían. Sólo el nombre del santo o del tema. Ninguna fecha ni señales de su origen en las telas expuestas a los cambios de ambiente y a la humedad. Algunos frescos ya mostraban daños por los costados, en los que la pintura se había desprendido o comenzaba a descascararse. Lo mismo con los viejos libros de los estantes, atacados por los hongos verdes de la humedad. Lo comentamos y lo lamentamos, pues vimos que el futuro de estas reliquias no era muy promisorio, conscientes del paso del tiempo y de lo difícil que sería conservarlos por lo costoso que significa la implementación de su cuidado, como se hace en los museos tomados en serio.
Sin embargo esta aflicción no se imponía al embeleso que sentíamos por los objetos antiguos que íbamos encontrando por los silenciosos pasillos o en las altas salas, apenas alumbradas por la luz del día o por una luz eléctrica muy económica.




Templo de San Francisco (1860). | Iglesia de San Francisco, después de 1939.
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MUSEO MODESTO

     Frescos enormes en las paredes, con temas de santos, nos hacían alzar la vista; tallados en madera, nos mantenían detenidos, largo tiempo, particularmente el Cristo de la vitrina, envuelto en el sudario, por la perfección de sus formas y la minuciosidad con que estaba trabajada la tela; o el Arcángel Miguel, al fondo de la sala llamada Sacristía Mayor, con la espada alzada, victorioso, dispuesto a rematar al Demonio, que yacía de rodillas en el suelo.
     Aún conservo aquel aire pues en el interior del museo no era olor de un ambiente medieval el que se sentía sino el dejo colonial de una época en que el continente ya casi liberado de la corona española, avanzaba con gran esfuerzo en la formación de una nueva república, mestiza en la sangre y en la cultura.
     Y grata era aquella sensación pues nos confirmaba lo que nos habíamos propuestos con Luis al echar andar La Guitarrera: rescatar el legado de nuestros antepasados, para perfilar nuestra identidad en un mundo que ya no es tan ancho, pero que en un abrir y cerrar de ojos puede hacérsenos todavía más ajeno, si continuamos sabiendo tan re poco de nosotros mismos.
     El sol declinaba cuando abandonamos el lugar, oscurecido, y casi vacío de gente.
     Cruzamos el empedrado de la calle Sargento Aldea y nos metimos al auto.
     No necesitábamos decirlo, lo podía adivinar: dejábamos un lugar agradable que nos recogía en los orígenes, el que nos gustaría visitar a menudo, y de recomendarlo a los amigos y lectores de La Guitarrera, sobre todo esto, porque visitas son las que se necesitan, pues con dinero y apoyo se logrará salvar lo que quedó del templo franciscano tras el terremoto de 1939.
     Un modesto museo, sí, y casi ignorado, además, frágil, pero testimonio de nuestra historia que debemos atender urgentemente.

Texto: Harold Durand
Fotografías: Luis Isla Stuart.


Visita al Museo Franciscano de Chillán.

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