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PORTADA
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NARRATIVA
El difunto que se veló dos veces
El difunto llega a caballo
Oiga ña Meche..., tardazo ... es ya ... ¡Ey tá... el patrón! Aúlla, más que las dice, estas palabras, una vieja flaca, metida casi la cabeza deforme en una ventanilla entreabierta. Ya voy, Doralisa, ya voy. Responde de adentro una voz quejumbrosa, impaciente. Largo corredor enladrillado y toscos pilares carcomidos, que sostienen, sin embargo, valientemente el enorme tejado, ennegrecido por años y lluvias. Viejo pero fuerte caserón cordillerano, con algo de cueva y de animal zahareño. Mañana helada de fines de julio. Hace quince días que no llueve, y el sol no logra romper aún la capa densa de nubes. Cielo alto, como congelado. En su fondo claro se destacan el caballo blanco y el jinete de negro poncho. Pegado a las patas traseras del caballo, puñado de tiritones, está un perro obscuro. Rechina la gran puerta de roble, y aparece en el corredor una mujer alta, gruesa, arrebozada en un pañuelo negro. Cara ancha, de un rosa tostado. El espeso pelo gris, sujeto en un moño sobre la nuca, invade el senderito estrecho de la frente. Sonríen unos ojos grises, suaves, acogedores. Doralisa señala al jinete y a su perro. . . El patrón... ha parao... en el cuarto... e las monturas. Se acerca doña Meche al filo del corredor. No es aún el mediodía, la hora en que su marido vuelve a la casa. Baja una de las tres piedras mal canteadas que sirven de peldaños. En ese momento echa a andar el caballo. Doralisa advierte la actitud del jinete, como descansando en el pescuezo de la cabalgadura. Su voz estridente grita entonces: ¡Se queó dormío on Ñachi! ¿Qu'estay hablando, vieja asuntera? Será frío, no más. ¡Tanto que le ije que no saliera a campiar los animales! Baja, alarmada, un peldaño más. Acaba de detenerse el caballo frente a la rústica escalinata, como todos los días. El perro se acerca arrastrándose, gimiendo servilmente. Sólo el jinete permanece inmóvil, inclinado sobre la cabeza del caballo. Doña Meche se ha acercado hasta él. Con un movimiento maquinal sujeta las riendas, y le habla: ¿Y te queaste dormío, Ñachi? Tanto que te ije que no salieras con estas helás. Pa eso tán Juan Chico, Ñachi y el mesmo Mañablo. Espera la respuesta; la oye sin que nadie la pronuncie: "No seay idiática, vieja Meche; a mí no me entran balas", pero la voz no sale de la boca gruesa y bonachona, ni sonríen los ojos pardos en los escondrijos obscuros de las cuencas. Doña Meche se impacienta, baja su pesado rebozo, y su brazo largo, moreno y fuerte, tira de un halda del poncho con cariñosa impaciencia. El jinete pierde el equilibrio, inclinándose hacia ella. Sus hombros vigorosos lo sostienen. ¡Ñachi, Ñachi!, ¿qué te pasa, por Dios Santo? Su alma elemental adivina lo que le ha sucedido, pero no se convence. Siente en su pecho el hielo del campo y el de la muerte a través de la tiesa trama de la manta de Castilla. Y llama con gritos casi inarticulados, gritos que se inician en sollozos y terminan en alaridos. ¡Ñachi, Uberlinda, Juan Chico, on Chuma, Mañablo, vengan a favorecerme! Y de los corredores, antes solitarios, y de la barraca obscura, a veinte metros de la casa, salen hombres emponchados y mujeres con gruesos rebozos. Son los hijos y las nueras, los servidores y los nietos de don Nicasio Chávez, el propietario de Pichidegua. Rodean a doña Meche y hablan todos a la vez. Pero si está empalaodice un viejo. Si ha muerto, por lo menos, hace una horaobserva otro. ¡Y no querse del caballo, mirevé!agrega un tercero. Pero doña Meche, a pesar de haber pedido ayuda, no la acepta en ese instante. Naiden toca al ijunto si está ijunto, ¡El ijunto es mío! Se congestiona su cara, roja por el esfuerzo. Una voz de mujer observa entonces: ¡Ya no aguanta más la mama, Ñachi! Anda a ayudarla. Ñachi, hombrón cuadrado y fuerte, pero de ademanes torpes, se acerca a su madre, empujado por la voz femenina. Mamita, hay que bajarlo del caballo para que escanse en su cama. Palabras banales, primitivas, pero que vuelven a la mujer a la realidad. Y entra en escena, repentinamente, un hombrecito nervioso, de ágiles movimientos. Juan Chico. Es el que dirige la maniobra de bajar al difunto del caballo. Muerto, el octogenario jinete no es sino una masa torpe y entrabada. ¡Si estuviera vivo! La robusta pierna izquierda, rematada en una bota y en una espuela de tintineante rodaja, estaría ya en la tierra, subiría los escalones hasta llegar al corredor, donde lo espera su mujer. Muerto, dos hombres no logran sacarlo de su caballo, el Futre, leal servidor de sus últimos años. Levántalo, Ñachi, de la pierna erecha pa que no se enrée la espuela. Póngale el hombro, on Chuma, mire que se nos viene al suelo. El caballo se inquieta en ese instante, pero Juan Chico, el mayordomo, ordena rápidamente: Mañablo, sujétale la rienda al Futre. Es un nieto de don Ñachi. Catorce años duros de cordillera. Le dicen Mañablo, mañoso del diablo, el grito con que lo ha llamado su madre durante muchos años. Acude con rapidez, deseoso de ayudar. Sus ojos claros, ingenuos, están húmedos. La boca infantil torcida por la pena. El Futre está inquieto. Su linda cabeza de un blanco amarillento, coronada por una chasquilla más clara, se mueve hacia la derecha, como si se impacientase por lo que sucede, pero ahí está Mañablo para impedir que se mueva. Logran en este momento desprender a don Ñachi de la silla. Tintinean en el aire sus grandes espuelas. El viejo sombrero ha caído al suelo, y su cabeza redonda, de frente obscura, y sus ojos sin luz, parecen mirar los campos, amortajados de niebla. Ha caído en los brazos de su hijo y de don Chuma. Así lo llevan a su dormitorio. Doña Meche estalla, entonces, en gritos desconsolados y agudos: ¡Y me eja sola pa siempre! ¡Qué voy a hacer yo sola en el campo! Caen sus lágrimas sobre la colcha sucia, lágrimas abundantes y gruesas, hermanas en salud de las risas de los buenos tiempos. Es pobre y vieja la estancia en que han dormido don Ñachi y doña Meche durante cincuenta años, a pesar de los quinientos vacunos de Pichidegua. Vieja y pobre la gran marquesa, donde descansa en este instante. Un velador cojo y una mesita. En la pared, una imagen desteñida de la Virgen del Carmen. Es pobre y vieja la estancia, a pesar de los quinientos vacunos de Pichidegua. La cabeza angulosa está sobre la almohada, almohada plena, hecha con los vellones de las esquilas del fundo. Una muchacha fuerte, de grandes ojos verdosos, de recias caderas y exagerado pecho, se ha acercado a la cama en actitud decidida. Es la nuera, la Uberlinda, la mujer de Ñachi y la madre de Mañablo. Hay que lavalo, oña Meche, y ponele su mortaja. Pero con gesto irreflexivo doña Meche se interpone y grita, con su voz mezcla de llanto y de alarido: Naide me lo toca mientras tenga vía. Su poncho, sus botas y sus espuelas han de ser su mortaja, y como a caballo murió, a caballo irá pa las Ñipas, lo mesmo que su paire, el finao on Teófilo Chávez. Se detuvo la nuera. No dijo una palabra. Por el agua de sus ojos verdes pasó, sin embargo, un temblor maligno. Los demás también callaron. Doña Meche se acercó al cadáver. Acomodó la cabeza sobre la almohada con maternal suavidad. Antigua caricia, hecha costumbre maquinal. Bajo las botas puso un almohadón, quizá para no estropear la veterana colcha hogareña. Pero de pronto se enjugó las lágrimas y habló con voz entera: No hay na velas en la espensa, Ñachi. Hay qu'ir pa Degua, onde el compaire Sixto. Ya salió el Tiuque hace un'hora. Tenís que avisarle a oña Encarna pa que le rece al finao. De pasá, el mesmo Tiuque le va avisar. Así le ijo la Uberlinda. Al oír su nombre, levantó la cuadrada y fuerte cabeza, y volvieron a brillar sus ojos verdes, jugosos, llenos de inagotable vitalidad. Doña Meche avanzó unos pasos. Busca a la Doralisa, la huacha pobre que envejeció en la casa. Ahí está, compungida y sucia, con sus grandes ojos bobos y su raído rebozo. Doralisa ordenó doña Meche, trete una braserada de carbón, que aquí hace mucho frío. No estaba aún satisfecha. Imponía su voluntad en estos pequeños detalles domésticos, deseosa, sobre todo, de defender su personalidad, su carácter de viuda y heredera del difunto. Ñachi, ile a Juan Chico que traiga corderos del corral del bajo. Lo puee ayudar Mañablo. Ya están en el corral. Lueitito los van a carniar. Se produjo un silencio. Humedad, paréntesis de silencio, en que nadie habló ni cambió de lugar. Permanecían todos trágicamente inmóviles, pero las caras se torcieron hacia la puerta al oír el áspero roce de las patas de un perro. Era la Escopeta, la perra de don Nicasio, así llamada por los huecos de las ventanillas de su nariz, que recordaban los círculos gemelos de una escopeta de dos cañones. Entró en la habitación, y siguiendo una vieja costumbre, se tendió sobre las tablas, fija la húmeda mirada negra en la cara de su amo. Entonces llegó Doralisa. Torcía la cara huesuda hacia la izquierda y alargaba los brazos, con su brasero llameante, para no sentir el calor de los carbones en el rostro. Chispeaban las rojas brasas de hualle y de talhuén, saltando en ígneas crispezuelas detonantes o disolviéndose en callado reposo de ceniza Y con el brasero entró la calma. Desarrugó el calor los entrecejos y encendió las palabras en los labios helados. Pichidegua, rincón de ratonesCon la tierra fértil, con las corraleras, los ratones, los cururos, los matuastos y las culebras, ha sobrevivido el nombre del rincón: Pichidegua, algo así como lugar de ratones pequeños, o, si se quiere, pequeño lugar de ratones. Sobre esto no hay opiniones fehacientes. Puede ser pequeño lugar de ratones, porque a seis leguas hay otro vallecito, regado por el mismo río, que se llama Degua (ratón), como también podría ser lugar de ratones pequeños, a causa de las ratas del color del mallín reseco, pelotones de greda cocida o pedrezuelas, provistas de ágiles patas corredoras y de un rabito enrollado como el de un cerdo nuevo. Junto a las ratas, los overos cururos o tunducos que, bajo la tierra, articulan constantemente tun tun tun en mapuche. Es la lengua que conocen. Y matuastos, lagartos sin rabo que no aparecen sino en los días de sol, y culebras que dormitan, hechas un ovillo, debajo de las piedras, en contacto con la tibieza de la tierra. Bulliciosas corraleras que avisan a los pastores su oficio con largos gritos estentóreos: corral, corral, corral. Y los pájaros de primavera, diucas, chincoles, tordos y zorzales, que suben del valle a robustecer sus pulmones o a enrojecer su sangre cuando apuntan las mil gramíneas del mallín y hojecen los hualles, hinchados de digueñes, y enredan el viento las reticuladas ramas de los coigües o el puñado de verdes cascabeles de los hualos cordilleranos. Y entonces el ventisquero empuja su carga de hielo y de nieve. Resuena un trueno en la hondonada y al poco rato se eleva la voz del riachuelo, el Pichidegua, que cruza regocijado la estremecida alfombra del mallín. No sólo recibe ávido el rodado del glaciar, sino que como un director de orquesta, ebrio de sonidos, incorpora a su sinfonía los mil torrentes que bajan de las cumbres, caracoleando por entre troncos de árboles y grandes peñascos desarraigados. Pichidegua fue la cuna de don Nicasio Chávez, pastor y arriero. Allí, junto al río y a los ratones, cuidó ovejas, vacas y terneros. Se acostumbró al contacto de las piedras y de las ratas. Solía decir, aunque las ratas le comiesen sus cosechas, estas palabras complacientes: Hay que darles su maquila, mirevé, porque pa mí llegaron a Pichidegua antes que los pehuenches. Al abrigo de su choza primaria, un ángulo de ramas de michay, conoció los contrabandos que venían de Argentina. Largos rosarios de vacas mugidoras que bajaban hacia los fundos de Loncovilo. Y más tarde fue arriero de esos mismos contrabandos. Al finalizar el valle, donde levantó su casa, vivía un puestero, con cuya hija se casó. La Meche Retamales no era como cualquiera mujer cordillerana. Seria y bondadosa, le servía a la mesa y lo miraba con sus grandes ojos ingenuos. Se casó con ella y amó el rincón en que ella vivía. Y cuando el dueño de la tierra, declarado en quiebra, aceptó su oferta de compra, don Ñachi Chávez llegó a la notaría de Loncovilo y esparció sobre el mesón su tesoro: cóndores de oro, macizos pesos fuertes, montones de sonoras chauchas, nacionales argentinos y billetes chilenos, guardados en un overo saquito de tunduco. Allí mismo empezó a edificar la casa. Los adobes fueron hechos con el barro de Pichidegua. Las tejas, con la misma tierra. Los robles suministraron las puertas y ventanas, y las piedras del valle, los cimientos. Nacieron en esa casa los hijos y las hijas que abandonaron el hogar para siempre. Sólo el mayor se quedó en la cordillera. En el mallín había que vigilar las vacas y sus crías, de los cóndores, de los pumas y de los cuatreros. Todas las mañanas eran contadas por don Ñachi, en su bestia baya y con su perra obscura. En el bravío rincón, un día de fines de julio, helado y blanco presagio de la primavera, sin agonía, como una piedra que suelta sus raíces, cortadas por el hielo, se inclinó sobre su caballo, y con él se deshizo el paisaje y se perdió la biografía de cada animal. El Futre cruzó el mallín, tanteó las piedras heladas del río y volvió, por fin, como todas las mañanas, a las casas. En el valle cantaba el torrente la primavera próxima. En el aire, las nubes congeladas no podían volar, y en los escondrijos tibios de la tierra seguían, tun tun tun, hablando en mapuche, los cururos y los ratones de Pichidegua. La encomenderaA las tres de la tarde llegó a Pichidegua doña Encarnación Faúndez, la encomendera o rezadora de la comarca. Bajó ágilmente de su caballo peludo y negro. Parecía de luto como ella. Dilató sus anchas fosas nasales en una especie de bostezo que no abrió sus sueltos belfos, como si temiese al aire frío. Dona Encarna era una vieja esquelética, de movimientos rápidos y angulosos. Medio la cubría un rebozo obscuro, hábilmente sujeto a sus hombros puntiagudos. Cuatro, cinco pasos, y estuvo en el corredor. Del corredor, su silueta fúnebre pasó al dormitorio. Apenas vio a doña Meche, sus manos largas, especie de garras torpes, la encerraron en un abrazo convencional. Las manos se cruzaron casi sin tocar el cuerpo de doña Meche. Su voz era tan dura como sus manos y como sus piernas. Mi sentido pésame, oña Meche. Gran esgracia es la muerte de on Ñachi, pero nuestro Señor nos regaló la conformiá. Y tuvo buena muerte, oña Meche. Sin enfermeá, en lo montao. Aunque estas palabras fueron más inteligentes que sinceras, conmovieron a la vieja. Gracias, oña Encarna, por su condolencia. El ijunto e mi marío la distinguía mucho, y por eso l'hay llamao pa que le rece. Hartos favores que le debo al finao, oña Meche. No olviaré cuando nos favoreció con un triguito en un invierno en que se nos acabó la mantención. Se había echado su rebozo sobre las espaldas y miraba en torno suyo, reconociendo el terreno. Vio al cadáver con su poncho y sus espuelas en la vieja cuja de desteñido barniz. ¡Bah! ¿No han desvestío ni han lavao el ijunto? La nuera se adelantó, desafiante, con su corpachón macizo y sus ojos agresivos, pero doña Meche, como en la mañana, se acercó hasta el lecho y gritó con una voz estrangulada: A Nicasio Chávez, que murió sobre su caballo, naide lo esviste ni lo lava. Así irá pa las Ñipas en el Futre, como el finao don Teófilo. Doña Encarna acomodó su rebozo sobre los hombros, algo perpleja. Sus ojos duros, los de una lechuza, brillaban con punzante fijeza. Su tono no fue agresivo. No era su momento. Más bien, conciliador: ¿Onde se ha visto que no se amortaje un muerto? Dios castigará esta soberbia. Doña Meche se había arrodillado otra vez junto al lecho. Su cara robusta, barnizada de lágrimas, la iluminaban las velas lloriqueantes de los candelabros. No respondió a estas palabras. Y las mujeres que se calentaban junto al brasero esperaron en vano su reacción frente a la encomendera. Es que estaba muy lejos en ese instante. Sentía a su marido, y su juventud y su matrimonio pasaban por su cabeza afiebrada, enferma, en rápidas visiones, en escenas truncas, en recuerdos sin sentido. Doña Encarna comprendió lo que sucedía, y obró con decisión: Hay que comenzar los rezos, oña Meche, por el eterno escanso del finao. Doña Meche se levantó y asintió con un movimiento de cabeza. La encomendera se aproximó al lecho, y las mujeres, abandonando el brasero, la rodearon. Luego no se oyó sino el gangoso ronroneo de los rosarios, aclarados, a ratos, por invocaciones y demandas de la encomendera para conseguir el eterno descanso del alma de don Ñachi Chávez. Los hombresHuyendo del frío, se reunieron los hombres en la barraca que hacía de cocina. Allí la Doralisa era reina y señora. Los hualles y huinganes encendidos mantenían tibia la atmósfera, y al amor de los tizones chorreaba jugo sobre la ceniza un costillar de cordero que Doralisa supervigilaba, sin perderlo de vista. Sus huesos sin carne no conocían el cansancio. Sin su rebozo invernal, desordenadas sus mechas blanquinegras, iba de un lado a otro, mostrando unos grandes dientes amarillos, los de una mula. Y mula era ella, eternamente cargada. Comían y bebían los hombres, encuclillados junto al fuego. Tenía la palabra un viejo pequeño, hablador incansable, cuerpo menudo y enorme cabeza, de nariz aguda. Le decían el Tiuque. Su voz era estridente como el chillido de los tiuques en los potreros. Era pariente lejano de doña Meche y camarada de don Ñachi. Otro viejo, de larga barba blanca, cepillaba unas tablas en un extremo de la barraca. Las del ataúd de don Ñachi. Su pequeña garlopa corría con una ligereza de ratón sobre las tablas de hualo. Volaban las cortezas y se encarrujaban las virutas, flechas a veces, teñidas de sangre, o frágiles pulseras de color de ópalo. Detuvo su garlopa para oír la voz del Tiuque. Era chillona, pero decía cosas que le evocaban el campo y su pasado: Terminó Ñachi, mi viejo amigo de las cordilleras, como hombre que era. Ni al frío ni a los cerros les tuvo nunca mieo. ¡Miren que morir con las riendas en la mano, espués de contar su ganao, y llegar a su casa! Así no más fue siempre el finao. Me acuerdo cuando atravesó el Pichidegua pa la Pascua. Venía con un cuero de vino pa celebrar al Niño Dios, y se halló con el río tan refierazo. Toros parecían las reventazones. Las endilgó no más. Perdió la bestia, un mulato que lo mentaban el Zorzal, que se ahugó, pero Ñachi llegó al otro lao con el cuero de vino intauto. Dejó de hablar para beber. Y se hizo el silencio. En la hoguera se volvió ceniza un grueso tronco de hualle, y entre los hombres estalló un suspiro de niño. Era Mañablo que añoraba a su abuelo. El Tiuque lo consoló: No te aflijay, Mañablo; si el potrillo no sale al paire, sale al abuelo. Es que este potrillo tiene muchas mañashabló Ñachi, mirando severamente a su hijo. Comieron, primero, los hombres. Dentaduras fuertes rasgaban las sabrosas fibras de las costillas, bocas insaciables absorbían el caldo espeso, dorado, donde nadaban presas de cordero y papas, ovaladas como huevos. Luego llegaron las mujeres, las rezadoras, con su capitana a la cabeza. Enérgica, la encomendera daba rienda suelta a su resentimiento. En Pichidegua y en Degua y en las Ñipas, hacía mucho tiempo que nadie llevaba a sus muertos a caballo. ¿Di onde li ha venío a oña Meche esta lesura de no amortajar al finao? Cuantuá, icen los antiguanos, los pehuenches enterraban a los ijuntos vestíos y le ejaban, es que, comía pa un mes entero. ¿Que se habrá vuelto pehuencha oña Meche? Uberlinda apoyaba a la encomendera: Icen que si no escansa en su cajón, el alma del finao nunca tendrá reposo, y penará por estos campos hasta el día del juicio. Un llanto rabioso, animal, como el gruñido de un perro, estalló a estas palabras. Era la protesta de Mañablo, en defensa de su abuela. Su madre se acercó a él furiosa. Brillaban, airados, sus grandes ojos verdosos. Pa fuera te vay al tiro, mocoso alharaquento. Y el niño se deslizó sin protesta hacia el campo. El día blanco, escarchado, se mostró un instante. El Tiuque volvía a hablar, como explicando lo que sucedía: Oña Meche quiere que su marío no se vaya. Ice que cuando dos se quieren y uno muere, la ánima del muerto no le pena na al vivo. Doña Encarna no estaba de acuerdo con estas teorías. Te vay a condenar, viejo mal hablao, por ecir herejías. Y la nuera, furiosa, clavó en él sus saetas verdes. El carpintero dejó entonces sus tablas. Se acercó hasta el grupo de hombres y mujeres. Sus palabras eran sólidas y simples como el trigo en la espiga. Nunca fue cicatera oña Meche, porque harto ha ayudao a todos los de aquí. Su compaña se ha ío, y la pobre está desconsolá. Quiere cumplir con él, porque andar a caballo y campiar hacienda era lo que le gustaba al finao. Nu es na cicatera, igo yo, ¿cómo li ha de faltar una sábana vieja pa mortaja? El Tiuque lo apoyó, bebiéndose un nuevo vaso de vino. Bien hablao, on Chuma, venga a tomarse un trago conmigo. El viejo no le respondió siquiera. Volvió a su rincón, a sus tablas y a sus cepillos. Ya se dibujaban en el suelo los angulosos contornos del ataúd de don Ñachi Chávez. On Ñachi vuelve a PichideguaDiucas y chincoles no emigran de la cordillera. En los huecos de las techumbres, en casas y bodegas pasan el invierno. Cumplen su misión mañanera como en los días claros de verano. Sus trinos son como tibios goterones en la yerta modorra de los días nublados. Y aunque el sol no asome, sus trinos animan los cielos ateridos. En los amaneceres de invierno, el paisaje cordillerano aparece recortado en negro y blanco. Negras las pirámides del Pichidegua y del Degua, y blanco el glaciar y escalofriante el chorro del estero, chocando con las piedras y con las totoras quebradas. Es sólo un instante. En rápido torbellino se aproximan las neblinas del valle. Nubes fracasadas. Grises mortajas de la luz. En esta grisalla helada iban y venían hombres y mujeres. Rebozos y mantos enlutaban el corredor. Y la puerta abierta ponía su amarillez humosa en la sombra del muro sin pintar. Los caballos de los huasos, amarrados al varón y a los pilares, estornudaban y tascaban sus frenos, listos para el viaje. Estaba ahí, también, el Futre, ensillado como en un día cualquiera. Don Chuma sacaba de la barraca el ataúd, ayudado por Juan Chico y por Mañablo. Forradas de negra choleta las tablas, con blancas guarniciones y una blanca cruz en la cubierta. Una mula negra y un pingo carguero, el Ciruelo, recibirían en sus enjalmas el ataúd, un barrilito de vino y el saco con tumbas de cordero y galletas recién hechas. Acababa de sacarlas la Doralisa, con una pala, del horno aún humeante. Ñachi, el Tiuque y otros huasos llevaban al muerto para montarlo sobre el caballo. Dos tablas de roble bajo el poncho lo mantenían derecho. Sus piernas, amarradas a la cincha. Se le malpuso el sombrero, que tapaba parte de la cara. Así producía la impresión de un huaso que cabalgaba borracho, al azar de su caballo. Veíanse los pelos de su barba, su boca amoratada y tumefacta. El Tiuque debía llevar el caballo con el difunto, de tiro. Ñachi dio la orden de partida, pero, con las riendas en la mano, los huasos se detuvieron. Doña Meche se había aferrado a las piernas del difunto y sollozaba con histéricos alaridos. El Tiuque tiró del caballo y con él a doña Meche, pero sus manos cansadas soltaron las correas donde se aferraban. Y el cortejo se puso en marcha, con su tieso jinete, y sobre la mula y el carguero, el cajón y las provisiones. La Escopeta, asustada, le hacía quites a las patas de los caballos, buscando al Futre y a su amo. Toses y carraspeos, resoplidos de caballos y chirriar áspero de herraduras en las piedras. En el comedor, las mujeres, aburridas, sujetaban a doña Meche. Mañablo miraba partir a don Ñachi, con las manos en su cara compungida. Ese día había de campear a los animales de Pichidegua, en lugar de su abuelo. Medio borrachos, dormitando sobre sus sillas, descendieron los huasos hacia el valle. La escarpa del Pichidegua los ocultó a los pocos segundos. Bajaban hacia una pequeña planicie, donde aún se erguían algunos robles, como altos plumeros grises. Varios coigües, de espesa ramazón, parecían huasos fantasmales abrigados en sus ponchos de Castilla. El río, al entrar en la meseta, daba la sensación de haber envejecido. Se hacía más grave su voz y más lenta su corriente. El Tiuque era el único que conservaba su humor. Dialogaba con el muerto, como si on Ñachi pudiera oírlo. Continuaba, solo, una vieja costumbre entre ambos, desde el tiempo de los arreos de contrabando, en las interminables caminatas cordilleranas. Pa mí vay cansao, viejo Ñachi; lo mesmo que cuando te patió la mula cuyana. ¿Te acordáy? ¡Pero qué vay a estar cansao, cuando vos tenís callos en el traste! A veces, por un accidente del camino, alcanzaba a oírlo Juan Chico. ¿Tay chiflao, Tiuque, que le estay platicando al muerto? ¿Y qué te importa a vos, cantiá di hombre? Tamién los muertos se aburren. Juan Chico, menos vivo que el Tiuque, no daba su brazo a torcer. Se aprovechaba de la simplicidad del hijo de don Ñachi y trataba de enemistarlo con el Tiuque. ¡Es mucha falta e respeto, mirevé! ¡Este Tiuque va de payaso agora! Ñachi se dirigía al Tiuque con un imperativo tono de patrón: ¿Y vos no te callarís nunca? ¡Hay que respetar a los muertos! Si nu es na falta de respeto, mirevé. Es que tú tay mal aconsejao, Ñachi. Juan Chico clavaba su caballo, apretando los dientes de rabia, pero el Tiuque recogía el lazo del Futre, y así éste se interponía entre él y Juan Chico. Un grupo de casas se perfiló a la orilla del camino. Ennegrecían los tejados viejos y los viejos pilares el blancor del día nublado. Más pequeñas, pero iguales a las de Pichidegua, eran las casas de Degua. Los caballos se detuvieron automáticamente frente al varón. Aparecieron algunas mujeres, igualmente arrebozadas, y sentado en un amplio sillón campesino, un hombre viejo que agitaba sus manos descarnadas en dirección al muerto: Adiós, Ñachi Chávez, buen amigo y hombre de cerro. ¡Quién iba a creer que yo t'iba a dar la despedía! Tú me esculparás por no haber asistío a tu velorio ni a tu entierro. Buen amigo, en el cielo estarás ya, onde están los hombres buenos. El que hablaba era don Sixto Urrutia, otro inquilino del valle, que se había venido a las invernadas cordilleranas en la misma época que don Nicasio Chávez, y que, metido en su sillón, terminaba su vida. Vamos andando, Juan Chicodecía el Tiuque, y en esto sí que estaban de acuerdo, porque el viejo Sixto es muy cicaterazo. Al decir estas palabras, una mujer bajó del corredor con una bandeja llena de copas, en dirección a los jinetes. En su mano izquierda traía una damajuana. Todos bebieron, alegres y dicharacheros. No hacían caso del difunto, que parecía dormitar bajo el ala sucia de su sombrero. Se despidieron a grandes voces. El cortejo siguió hacia el valle. En el corredor, el viejo paralítico movía torpemente sus brazos tiesos. En el suelo, la damajuana tenía no sé qué de mujer campesina, envarada en un traje nuevo. Alargándose, en ocasiones, al estrecharse el camino, apelotonados otras, los jinetes descendían hacia las "Comadres", dos piedras erráticas, colocadas a ambos lados del camino cordillerano, como dos vecinas que murmurasen. Era el descanso natural, la mitad de la jornada si se bajaba de Pichidegua. El estero corría muy cerca. Tras las piedras, dos enormes robles contorsionaban la desnuda robustez de sus brazos goteando humedad. En el verano eran armónicas bóvedas de frescura, acribilladas de cantos de diucas y jilgueros. Los jinetes se detuvieron frente a la piedra más grande y bajo el varillaje del roble sin hojas. Desmontaron ruidosamente, desaflojaron monturas y ataron o manearon los caballos para empezar su almuerzo. Hombres y bestias expulsaban chorros de vapor, dando la impresión de que se hubiesen bebido el día nublado. Oye, Tiuqueordenó Ñachi manea bien al Futre, mira que es bestia muy nerviosa. El muerto se destacaba ahora, extraño y fúnebre, en medio de los caballos sin jinetes. Uno de los labios, en una contracción de los músculos relajados, se había movido, y los dientes amarillos del muerto simulaban una risa sin voz. El Tiuque se arrodilló para manear el caballo, mirando de lado a don Ñachi. ¿Que no se está riyendo este viejo indino? ¡Alguna picardía estará pensando! ¡Bien que te conozco, viejo Ñachi! Pero sus palabras no las oían los huasos. Al acercarse el Tiuque al peñasco, ya habían bajado el barrilito de vino loncovilano y los sacos con tumbas y galletas. Comieron en silencio, con cierta resignación, acoquinados por el frío y por la garúa helada que destilaban las nieblas; pero luego, los tragos de vino, las sabrosas chuletas y costillas fiambres y la densa grasa de las galletas desataron las lenguas y se oyeron diálogos y risas. El Tiuque, como de costumbre, contaba anécdotas y ocurrencias de su finado amigo: No fue nunca aficionao a las carreras ni a topiar, pero era muy conoceor de los caballos. ¡Si vivía en lo montao! Ende chiquichicho el finao don Teófilo lo llevaba pal campo, encaramao en la cabeza de la silla. Juan Chico, sin mirar al Tiuque, lo interrumpía para contar también algo de su patrón: El finao ecía que Pichidegua era como un caballo encantao, y que la cabecilla y el asiento de la montura eran Pichidegua y Degua. Don Chuma relató lo que don Ñachi le había respondido a un empleado fiscal que le preguntaba por el límite de Pichidegua. ¿Ve, iñor, onde el cerro hace verija? ¡Ey tá la cerca e coigües botaos! Claro, puscerró el Tiuque---; si los cerros son un caballo encantao, por algún lao tenía que tener las verijas. Se oyó, de pronto, un gruñido. Golpe seco de cascos, ruidos de coscojas movidas. Por los potreros, desde la falda del cerro, aparecieron varios perros que intentaban disimularse entre las piedras y las ondulaciones de la tierra parda. Eran perros de campo, enflaquecidos por el invierno, que acudían a participar de los restos del festín. Overos, lagartos, barcinos, pardos y negros. Todos los colores imaginables. Con una rapidez fantástica localizaban los huesos y se los peleaban, entre gruñidos y tarascones, asustando a los caballos. El Tiuque se entretenía en reconocer a los dueños a través de sus perros. Ese medio pardón es el Choique, de on Calixto Núñez. ¡Tá tan flaco como el dueño! Lu habrá mandao el viejo pa que le lleve una tumba observaba alguno. El barcino, ése que se está aparragando a la orilla de la cerca, es de oña Lucha Paiva. ¡Pucha el perro andariego! Onde uno va se lo halla. Icen que es como hacha pa los huevos. En ese instante se puso Juan Chico de pie, mirando fijamente hacia el grupo de los caballos. El asombro y el miedo se reflejaron en su cara. ¡Oiga!, on Ñachi, ¿y ónde está el ijunto, que no lo iviso por ni'un lao? Se levantaron todos al oír esto. Miraban hacia los caballos desmontados. No se veían ni la mancha blanca del Futre ni el negro jinete emponchado. Se metieron entre los caballos, buscándolo puerilmente. Salieron al camino. Observaban en todas direcciones. Ni rastro de caballo ni de perro. La tierra negra y helada, con restos de yerbas grises, quemadas por el frío, no permitía, por lo demás, que se estampase rastro alguno. Silenciosos, cariacontecidos, volvieron al abrigo del peñasco. Ñachi interrogó al Tiuque: ¿Y qué laya e manea le pusistes vos que el caballo se soltó? Si apreté hartazo el látigo, pero los perros lo asustaron. Nu ha de andar muy lejos, igo yo. Hay que campialo pa Pichidegua y pal camino e las Ñipas. No estaban tranquilos, a pesar de estas palabras normales. Recordaban la reciente pelea de la encomendera con doña Meche y la falla del velorio, en la que suponían ocultos manejos del diablo o castigos de Dios. Atribuían a esas fuerzas misteriosas, que no comprendían, la desaparición del difunto. ¿Qué ocurrencia la de oña Meche, no? Onde se ha visto que no se amortaje un muerto. Soberbia de rica no más es. Acalló las murmuraciones el viejo don Chuma, como en la noche anterior: Oña Meche quería al ijunto, y ella es antiguana. Así enterraron a on Teófilo, y así lo quiso hacer con on Ñachi. Por ahí cerca no más tará el Futre. Parecieron calmarse. Siguieron bebiendo y esperaron junto al peñasco, a pesar de que el puelche empezaba a soplar del corazón de la cordillera, removiendo la garúa helada y trayendo invisibles agujas de hielo que se clavaban en la piel como picaduras de zancudos. Un huaso contaba lo que le pasó a otro finado, don Vicho Cisternas, que iba como don Ñachi en su caballo al cementerio de las Ñipas. Este campo taba tupío de robles y de coigües. El camino pasaba ebajo de un toldo de hojas. ¡Qué gritaera e loros, benaiga Dios! Y hoy no se merece ni uno. Estaba medio oscuro cuando pasaron ebajo el monte, y, al salir, ¿que no se había bajao solo el finao? Un asombro ingenuo se detuvo en los ojos inexpresivos de los huasos. Se produjo un silencio y alguien, incrédulo, preguntó: ¿Y cómo s'iba a bajar solo el finao de la silla, is que? El huaso tenía su respuesta lista: Uno qu'era tan avisao como on Challo, icen que ijo: "¿Y di'ónde s'iba a bajar solo? Si habrá queido del manco y aentro del monte estará". Y pal monte entraron y ey taba el finao, colgao de unas ramas, como racimo de coiles. Los huasos rieron al término de la historia. No pusieron en duda el hecho. Para ellos era perfectamente explicable, y hasta cierto punto tranquilizaba sus ánimos sobresaltados, alejando el misterio y haciendo predominar la lógica de la realidad. Bajando la falda venía Ñachi en ese momento, pero solo. Ni rastros del jinete por ese lado. Algunos minutos después es Juan Chico el que llega. Por el poniente no había tampoco señas del caballo, ni del jinete, ni del perro. Y otra vez el miedo instintivo los sobresalta, los hace enmudecer. Sus ojos miran en todas direcciones, como buscando al bayo y a su dueño, y mantienen sus caballos sujetos de las riendas, dispuestos a huir sin saber de qué. Suponen que el caballo los salvará de alguna aparición, signo de la presencia de Dios o de la malignidad de Satanás. Sólo se esperaba al Tiuque, que atravesó el estero hacia el norte, para tomar una determinación. Aparece, de improviso, entre las lanzas grises de los hualles. Viene galopando. Un galope limpio, sin polvo. Redoble de cascos en la tierra dura. Sin desmontarse, y con su voz chillona aclara, en parte, el misterio de la fuga: Ñachi bajaba todas las tardes de Pichidegua pal campo de Peiro Fuentes, al otro lao del estero. Tiene un trigo en medias con él. Si las trancas están corrías, por ey se metió el Futre, ije yo, y así no más fue, porque las huellas del Futre y las del perro están patentes a la orilla del estero. Como en el caso del muerto engarfiado en la horcaja de un árbol, lo que el Tiuque decía les explicaba el misterio y los volvía a la realidad. Ahora era preciso seguir el rastro del finado. Sus oídos tornaban a la rutina cotidiana. Ñachi ordenó entonces: Vos, Juan Chico, te vay pa Pichidegua con toos los emás. El Tiuque y yo campiamos al finao. Y el cortejo, sin el difunto, pero con el ataúd y el barril de vino vacíos, subió la cuesta hacia el rincón cordillerano. Por el potrero tranquearon Ñachi y el Tiuque. Tranquearon velozmente, las espuelas en los flancos de sus caballos. Al principio no hablaron. Ñachi preguntó de improviso: ¿Y estaban corrías las trancas, entonces? Así tan siempre. Vos sabís como'es el Peiro Fuentes. A los pocos segundos llegaban a la orilla del estero. Se veían en el fango las huellas de los cascos y las pequeñas patas de la perra. Pu aquí pasó, no másconfirmó Rachi. Si too el año hizo el Futre este mesmo camino. Atravesaron el arroyo, hijo del Pichidegua. Blancos borbotones que aparentaban prisa por llegar al valle y dejar su lecho de piedras heladas. Subieron una colina. Apareció un rincón de cordillera, escondido y salvaje. El rancho del mediero se levantaba en el extremo de la garganta. Rancho primario, pero con el clásico corredorcillo, rayado de pilares. Ahí esperaba Pedro Fuentes, que ya había visto a los jinetes. Alto, huesudo, de negra barba y de rasgos inmóviles. El poncho parecía colgar de la percha de sus hombros cuadrados. Ladraban los perros, presintiendo a los jinetes. Güenas tardes, on Peiro. Güenas tardes, su mercé. Sin transición, Ñachi preguntó: ¿Nu'ha visto pasar al Futre y a mi paire pu aquí, on Peiro? Hará como un'hora lo vide p'arriba el cerro, puse la pava al fuego, porque toos los días tomamos mate y hablamos de la siembra, pero no llegó nunca. Tendría que hacer, igo yo. Es qu'era y nu era on Ñachidijo el Tiuque. El viejo chupó su cigarro y miró sin comprender. Mi paire murió ayer, on Peiro; y lu íbamos a enterrar en lo montao. El Futre se desmanió y cortó pa la querencia cuando tábamos almorzando. El terror inmovilizó al viejo. Luchaba por sacar sus manos del poncho de Castilla. Las sacó, por fin, y sus largos dedos negros hicieron una torpe señal de la cruz sobre sus narices y sus barbas. ¡Por Dios Santo! Entonces on Ñachi vino muerto a ver su trigo. Los jinetes no contestaron. Sin decir nada, clavaron espuelas y ascendieron hacia el cerro. Llegaron a la planicie desnuda, donde sólo unos avellanos pequeños y unos hualles sin hojas, aplastados contra la tierra, casi confundían con ella sus desdibujadas siluetas. Atravesaron rápidamente el llano. Los caballos tranqueaban con segura agilidad. El Tiuque fue el que habló primero: Contra na clava pullas, on Ñachi, porque el finao nos lleva como un'hora de ventaja. Y agregó, irónico: ¡Y se le van abriendo solas las trancas! No respondió Ñachi. En su cara ancha e inexpresiva se pintaba un terror infantil, casi el inicio de un puchero. En el Tiuque, las supersticiones campesinas se hacían tallas y buen humor; en Ñachi, terror elemental, inexplicable angustia primitiva. Al descender el cerro, ya en el mallín de Pichidegua, en el trumao endurecido por el invierno, se señalaban las huellas de las herraduras del Futre. Llegaron a las trancas que separaban el fundo de las demás hijuelas cordilleranas. Estaban también abiertas. Ñachi detuvo su caballo asustado. El Tiuque, siempre oportuno, dio la explicación: Son los coltros de oña Ufemia los que corren las trancas. En el valle, la noche se había hecho dueña del paisaje. No se veían las casas de Pichidegua, pero un rectángulo de luz, el del cuarto de don Ñachi, palpitaba en la sombra. No hablaron los dos jinetes, pero ambos pensaban lo mismo. El difunto había llegado antes que ellos y que los demás jinetes a las casas. Y, en efecto, al tocar el varón, frente a los corredores, no se veían ni hombres ni caballos. La puerta del dormitorio estaba abierta, y nuevas velas lloraban sus pesados lagrimones blancos en torno a las rojas pupilas de las llamas. Se oía el rumor sordo de nuevos rezos, y la mancha de mujeres enlutadas cerca del lecho. El Tiuque, mientras se desmontaba, se dirigió a su acompañante: Nu'hay na que hacele, on Ñachi. Al ijunto lu están velando otra vez. Apareció en el corredor doña Encarnación Fáundes. Había oído el ruido de los caballos, y salió al corredor: Vaya a ver a su paire, on Ñachito. Está escansando, con su mortaja. El cajón no más le falta. Y abriendo los brazos flacos y negros, mientras el rebozo caía sobre sus caderas, exclamó con un grito histérico: ¿Y ónde está el cajón del finao que no llega? El Tiuque se adelantó para decirle: En camino viene, oña Encarna. No ilata ya en llegar. Descansaba ahora don Ñachi sobre la mesa del comedorcito, envuelto en su negruzca mortaja de tocuyo. El rostro moreno se había tornado amarillo, y alguien, tal vez doña Meche, volvió a estirar el labio, levantado por la relajación de los músculos. De rodillas en las tablas vio Ñachi a su madre, las gruesas manos en el rostro y desordenada su espesa cabellera negriblanca. La vuelta del jinete trastornó su espíritu. Sentíase culpable y rezaba contrita, traspasada de unción. Doña Encarna había triunfado, y la casa entera le obedecía. Llameaban las brasas, gtugluteaba la tetera, donde hervía el agua de los mates, y los rosarios, largos y tristes, envolvían al caserón amortajado en heladas sombras. El tiuque habla del nuevo velorioUna hora después llegaron los huasos a Pichidegua. Habían bebido en Degua, en el despacho de don Sixto, y sus gritos bárbaros y el resoplar de los caballos se hicieron, por algunos minutos, amos del patio y de las casas. La mula vieja chorreaba sudor, a pesar del frío. Inclinaba su cabeza babeante, como indicando que la aliviasen del peso del ataúd. Y así lo ordenó doña Encarna, apareciendo súbitamente en el corredor: ¿Qui hacen esos hombres sin conciencia que no esmontan el cajón de on Ñachi? ¡Ey lu está esperando el amortajao! No respondieron. Febrilmente desataban lazos, tosían y carraspeaban, hasta que el ataúd se deslizó hacia el suelo y fue trasladado al dormitorio. Luego empezó el desfile de ponchos hacia la cocina. La Doralisa y Mañablo vigilaban ya los nuevos asados. El Tiuque se había instalado junto al fogón. Ponía sus manazas ásperas y callosas sobre las llamas de oro. No tenía, en ese instante, competidores, porque ni Ñachi ni Juan Chico estaban ahí. Se sabía dueño de su auditorio: ¡Y agora hay dos viúas en Pichidegua que se isputan a Ñachi! Una lo manda pa las Ñipas, vestío y montao, y l'otra lo empelota y lo mete en el cajón. Y pucha el susto de las rezadoras cuando el ijunto apareció solo por estos laos. Oña Meche cayó al suelo sin sentío, y oña Encarna icen que le preduntaba al ijunto: ¿Ha venío por su mortaja, on Ñachi? Aquí se la vamos a poner, conforme lo manda la Santa Ilesia. Y cuentan, es que, que oña Meche, arrepentía abrazó a oña Encarna y le dio todo el mando de la casa. Se pasó el Tiuque el dorso de la mano por la cara, como si quisiera atajar el chorro de sus palabras. Miró hacia una mesita, donde estaban los vasos bebidos. Un hilo obscuro de vino goteaba sobre el suelo con un tactac cada vez más espaciado. Oye, Mañablodijo de pronto, al ver al niño que entraba con una brazada de hualles: ¿que si acabó el vino en Pichidegua que naide sirve? El muchacho lo miró hostilmente, y con esa agresividad típica del campo, en niños y en hombres, le respondió: Vino se le frunce, ¿no?, ¿por qué no lo vay a comprar vos si querís emborrachate? No le extrañaron al Tiuque estas palabras. Estaba acostumbrado a ellas. Su charlatanería ligera y pintoresca era, y él lo sabía, la crónica del campo. Aunque les molestase no podían prescindir de ella. Y respondió con un tono burlón y humilde al mismo tiempo: ¡Y si nu'hay, no tomamos na, pus, su mercé! Se mi'había olvidao qui ahora manda en Pichidegua y qui hay que peírle permiso p'hablar.
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