Gonzalo Rojas (Lebu, 1917) se mueve por el mundo. En España acaba de entregar su poemario Metamorfosis de lo Mismo a la prestigiosa editorial Visor, "el libro más caudaloso" -dice el poeta por teléfono- y ahora se apronta a dejar en suelo mexicano su obra Diálogo con Ovidio. Pero como buen "movedizo y errante", el octogenario Premio Nacional de Literatura no podía sino trasladarse personalmente a México, país que le concedió en 1998 el galardón Octavio Paz en un tiempo en que sobre el vate cayeron otras distinciones como estrellas fugaces.
En la capital azteca recitará mañana en la enorme plaza del Zócalo, donde cada 15 de septiembre los mexicanos dejan salir su famoso y desgarrado grito de la Independencia (¡Viva México, hijos de la Chingada!), sobre el que sus intelectuales, inclusive el propio Octavio Paz, han elaborado los más finos ensayos develando el alma de esa nación, un "epicentro de este mundo, en especial iberoamericano, de la mayor vivacidad", apunta Gonzalo Rojas.
- ¿En qué le han aportado los viajes a su literatura?
- Por un lado los viajes son absurdos. Uno se dice que no habría para qué ir tan lejos. Eso por una parte. Por otra parte, claro, ofrecen una vibración intensa. Múltiple, de un registro más mundano. Mundano en cuanto a mundanidad. No se trata de un turista literario, frívolo, aburrido. ¡Hoy día quién no testea! Nosotros, por ejemplo, que solemos considerarnos muy importantes -y lo somos- en el país de Chile, estamos demasiado aislados. Y eso no es culpa nuestra porque la geología y la geografía nos determinó una insularidad muy fuerte. Eso nos hace un poco aislados, si no lugareños. Ni siquiera esa palabra que le gustaba tanto a Teillier, láricos. Para mi la laricidad es el mundo. Es el lar mayor.
- En ese sentido hace la misma distinción que Paul Bowles en cuanto a los turistas y los viajeros...
- El turista es una viuda que intenta tocar todas las puertas si pudiera del planeta, va y viene, normalmente tiene mucho dinero para ir de un lado a otro, pero no alcanza a ver. Ver e intraver es una cosa muy distinta. Es como en Chile. Nosotros debiéramos intraexiliarnos constantemente. Es decir, irnos a vivir a los parajes más hermosos de ese longilíneo país pero no como turistas de tanta hermosura, sino para siempre. Esa sería la idea. Eso fue lo que yo hice cuando viví de niño por Atacama, las zonas de las salitreras, en las islas, en las zonas hermosas de Chiloé para abajo, incluyendo los Magallanes, la Antártica, el Concepción. Yo viví siempre en las afueras de Santiago.
- Sus recitales siempre han atraído a muchos jóvenes. ¿Cuál es su afinidad con ellos?
- Eso no lo sé. A veces hay, no un magnetismo, sino una imantación que se crea, muy viva, entre los públicos y el otro que está leyendo o recitando y a veces improvisando. Eso se da. Me ha ocurrido ahorita en España. Yo estuve recién con Laura García Lorca en Granada, quien me invitó, y me ocurrió lo mismo. Es que se me da esta comunicación con los jóvenes, porque yo no les hablo con ese estilo en altivo, sino como un muchacho más que habla. Soy partidario de la lozanía y no de la altanería de ninguna especie, ni profesoral, ni literaria, ni nada. Aprendices, aprendices, aprendices... todos somos aprendices.
- De allí que se considere un poeta lentiforme...
- Si soy lentiforme, me demoro, me fastidia la prisa, no entiendo para nada la celeridad ni la publicidad, ni los famosos premios, aunque le caigan a uno. A mí de viejo me han caído unos cuantos. Pero ese no es el proyecto. Es el ejercicio diario, implacable, un diálogo con uno mismo y con el mundo.
- A propósito de ejercicio, ¿cómo van sus Visiones (memorias)?
- Eso va andando, pero no con prisa, ni con ganas de que lo publiquen. Tengo un pacto con gente mía, con mis hijos. Les he dicho a ellos que se encarguen de publicarlo. Son documentos que los puede leer todo el mundo... aunque de repente yo podo mucho, soy partidario de eso, de cortar, corregirme a mí mismo y seguramente dejar un documento donde se vea cuál fue mi horizonte del tiempo y mis múltiples horizontes....
- Pero esas Visiones deben tener un sentido común. ¿Tiene que ver con su erotismo y sensualidad?
- En ellas están todas las vibraciones. El trato con la infancia prodigiosa a la que uno asiste hasta el último día si es que es tan cierta. Ahí tiene el caso de Matta que no pasa de ser un niño, un niño fenomenal que le dieron los dioses al mundo y a Chile también por añadidura. Están las infancias, las movimientos cíclicos, porque uno nunca deja de ser ese púber. Además cuando se habla de ese erotismo mío... yo no tengo nada que ver con lo porno. El eros mío es sagrado. El Tánatos, la muerte, yo trato como cualquier otro poeta el diálogo con la muerte y que va con uno desde los instantes en que nace. Mis elegías no son reverenciales, no es el recuerdo y el alma dormida, sino que son contra la muerte. Por algo le puse a un libro mío Contra la Muerte, es decir, son visiones de la muerte pero irreverentes. No hay por qué tenerle tanto miedo a la muerte.