Por
Hernán Lavín Cerda
Poesía:
Sergio Hernández Romero
La poesía es la otra voz, el aire del origen: un aire no para
respirarlo sino para vivirlo. Un aire que, sin embargo, se adivina
en el acto de la inspiración y la espiración, un aire que
sólo se adivina respirándolo. Aquel soplo que es la obstetricia
original, aquel soplo del principio y del fin: el soplo de la otra voz
pariéndose a sí misma, soplándose sin desdén,
con absoluto entusiasmo como en la última epifanía, la casi
póstuma.
La otra voz es el prodigio que se fecunda a sí mismo en las profundidades
de la voz demótica, ecuménica y cotidiana. El esplendor de
lo insólito en la matriz de lo sólito, la recuperación
de aquel soplo imaginante que estaba enterrado en el espíritu y
en el más allá de la conciencia de los primeros hombres,
desde los días inaugurales de la comunidad cavernícola.
En los espacios donde se escucha el rumor de la otra voz, las contradicciones
—sin dejar de serlo— se vuelven más elásticas y se convierten,
al fin, en puentes de atracción y diálogo. Todo se encuentra
con todo: la cópula de los objetos y de las criaturas animadas es
universal. Sin reposo, todo se busca y todo se encuentra. Lo más
distante, incluso, aparece cada vez más próximo y en un ámbito
de concordia.
Es el milagro de la otra voz, la voz rebelde, la voz crítica y autocrítica,
la voz anti rutinaria, la voz del desasosiego (sobre todo a partir de la
modernidad romántica), la voz de la melancolía y del pensamiento
salvaje, no sólo salvaje, elemental y en crisis, moderno en su antimodernidad,
la voz entusiasta y desilusionada, la voz del soliloquio arcaico y futuro
—la cuna la tumba, y de nuevo la cuna—, la nostálgica voz de la
unidad en el origen, cuando todo formaba parte de todo y la división
no era todavía un fenómeno evidente.
Alguna vez, el poeta y ensayista Rubén Bonifaz Nuño me
dijo en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional
Autónoma de México:
—Después de tanto ir y venir por este mundo, creo que el único
acto de auténtica libertad es la poesía.
¿Yqué es la poesía?
Lo desconocido en proceso de conocerse y reconocerse, mediante el asombro,
siempre renovado, de la articulación de las palabras: sonido y sentido
en estado de gracia. Todo, casi todo tiene que ver con la química
sanguínea del ritmo, esa alquimia pulsional de la articulación.
Poesía puede ser, entonces, todo aquello que duerme —sepultado a
veces, a veces insepulto— y que sin duda somos sin saberlo: la existencia
comunitaria de la otra voz, antes y después de la desnudez original,
cuando las preguntas correspondían a la infancia de la humanidad
y eran primorrdiales.
Prodigio de la lengua de la revelación en libertad absoluta. Lenguaje
o cuerpo sensible a través del cual, pendularmente, aparece y desaparece
—en una suerte de epifanía inestable o movediza— el inconsciente
colectivo y el consciente de cada día, como lo percibió Carl
Gustav Jung hace varios años.
Acaso vivimos o sobrevivimos para recordar, y la poesía también
es el arte de la memoria en acto, verbo de lucidez y juego múltiple,
la otra voz de la memoria de la especie: memoria universal por ser privada,
por aparecer desnuda en medio del mundo, por descubrir o redescubrir las
palpitaciones de la infancia que se vale de la sabiduría empírica,
aquella que todo lo funda imaginándolo. Y sabemos que, por un desliz
iluminante, la fundación puede ser reveladora. Fundar y fundar,
sepa Dios, transfigurando o abriendo el camino de las transfiguraciones.
Creo que Sergio Hemández, nacido en Chillán —ciudad del
sur de Chile— el 17 de marzo de 1931, pertenece a esa familia de poetas
que escriben por una necesidad impostergable: la más antigua bendición,
la más antigua condena. Toda criatura humana es, a su modo, un animal
rítmico. Y el poeta lo es en una dimensión casi absoluta,
pero su ritmo interno se transforma en palabras que van articulándose
dentro de los dominios de la otra voz: dichas palabras, se relacionan de
una manera inusual —a veces común, a veces fantástica— dando
origen a realidades nuevas, únicas y autónomas: esos organismos
lingüísticos son los poemas.
Hay una secreción verbal en el orgnismo de Henández, una
fisiología lingüística cuyos signos se vinculan estéticamente.
Las temáticas, sin embargo, no son de naturaleza anatómica.
El cuerpo no aparece señalado con frecuencia, salvo en algunos textos.
La zozobra orgánica y psíquica (antigua crisis del poeta)
fue sublimada o más bien transfigurada hacia el plano del espíritu
y la ética.
La inconformodidad, el desencanto, el sentimiento de pérdida son
compartidos por muchos poetas contemporáneos, y Sergio Hemández
está en la línea de aquella conciencia fracturada, una conciencia
que se ha vuelto dominante en los tiempos modernos: visionaria y dolorosa
conciencia crítica. Espíritu proteico y múltiple de
la modernidad. La terrible y, a veces, paralizante absentia: el
abismo y la vacuidad de la condición humana. De pronto hay textos
de rescate que, como salvavidas, oxigenan el panorama; por lo común,
se trata de señales proyectadas hacia el mundo de la naturaleza
y de la infancia. Sólo allí es posible la resurrección
o la Edad de Oro: el universo de los sueños infantiles.El lar del
origen transflgurado en lactancia y júbilo. Pero la edad adulta
es cruelmente grávida; su peso es insufrible. El propio Hernández
ha dicho: «Mis libros Cantos de Pan, Registro y Ultimas
señales recogen casi sólo la parte dramática y
angustiosa de mi existencia: cuando estoy alegre no escribo. La poesía
ha sido para mí una catarsis y una liberación...» Su
obra más reciente, Quebrantos y testimonios (compilación
antológica realizada por el propio autor), no se desliga de los
juicios emitidos por el poeta sobre su trabajo artístico, o, más
bien, sobre el estado de ánimo que ha hecho posible dicho trabajo.
Observo, con cierta claridad dos líneas estéticas esenciales
y recurrentes en esta selección: la primera establece un vínculo
con el registro de época, sí, el gusto de época que
nos llegó de ultramar desde la península ibérica y,
para ser más precisos, desde España, la España andaluza
y castellana, la de Federico García Lorca, Rafael Alberti, Miguel
Hernández, Luis Rosales, y Vicente Aleixandre, entre otros. Una
España contemporánea que aparece, líricamente, muy
unida al cántico anónimo y popular, al antiguo romancero:
una España de rimas cruzadas, de asonancias y consonancias, de música
que se sostiene en el fulgor adjetival, así como en la obediencia
a ciertos cánones métricos. Sergio Hernández vivió
en esa España y convivió con algunos descendientes de aquella
poesía: la estudió a fondo, se dejó envolver por ella
y, al fin, cultivó su oído en la observancia y no en la heterodoxia.
Ese registro estético se hizo muy poderoso, tanto en España
como en Hispanoamérica; a él se unió, en cierto modo,
prolongándolo, el modernismo rubendariano y, algunos años
después, el postmodernismo que tuvo una figura capital como fue
Pablo Neruda. Tampoco podemos olvidar a Juan Ramón Jiménez.
Quiero recordar que dichos cánones poéticos fueron dominantes
(no los únicos, por cierto) en la primera mitad del siglo XX: carácter
hegemónico de la cadena metafórica, musicalidad aliterante
(la eufonía romántico-modernista concebida como un poder
casi ideológico), altemancia y más bien convivencia de los
llamados versos de arte mayor y de arte menor, presencia estrófica,
dominio de un sujeto casi olímpico a través del cual se manifiestan
los estados de ánimo de los individuos y los pueblos, esplendor
verbal, belleza que de improviso se desvía, dolorosa, con ímpetu
expresivo, aunque no siempre se divorcie del brillo clásico.
Sergio Hernández es respetuoso de estas directrices artísticas;
líneas que, por supuesto, aparecen y desaparecen en su obra, no
sólo en la suya. Debemos reconocer que el proceso es de agonía
y resurrección: es lo que está ocurriendo con el legado de
los poetas hispanos y los representantes del modernismo, así como
de la vanguardia. En la actualidad asistimos a un período ecléctico,
de mayor mestizaje y síntesis, de traducciones que operan como válvulas
comunicantes. No hay ortodoxias que se sustenten sobre el principio de
una verdad absoluta. El relativismo abre la puerta que conduce al diálogo
entre formas y tendencias estéticas dispares.
La línea que Neruda privilegia es la suya, como era previsible.
Y lo hace en el breve prólogo que escribió para la edición
del libro Registro, 1959-1964 (Edit. Nascimento, Santiago de Chile,
1965). En un pasaje afirma: «La poesía de Sergio Hernández
es canto que corre, cristal que canta». Esta frase se apoya justamente
en la metáfora o más bien en la prosopopeya, e insiste en
un solo aspecto: el canto, un canto que respeta la tradición del
canto, como ya dijimos.
Pero creo que hay cantos y cantos, como hay músicas y músicas.
El hecho de que exista el canto no es una especie de garantía absoluta.
Pienso que los mejores momentos en la obra de Hernández aparecen
cuando se toma distancia del sistema de producción rítmica,
así como metafórica, que es propia del canto hegemónico
en aquellos años. Con frecuencia aparece cierto estereotipo en la
alianza reproductora y repetidora de imágenes. Pero de pronto Sergio
Hernández establece una transgresión, se desvía, abandona
los recursos de retórica que pesaban sobre todos los poetas, y,
entonces, surge la otra posibilidad de trabajo, la otra línea, la
otra dirección: una línea que no tiene por qué ser
absolutista y excluyente.
Esta última línea ha generado algunos de los textos más
sugerentes y enriquecedores de Hernández. Allí están
los poemas Está bien, Porque no tengo dónde,
Todo lo que he pecado (con un final que nos recuerda uno de los
breves y agudos textos de Elías Nandino, cuando el sujeto de la
escritura dice que a él no lo matará la muerte sino la vida.
Sergio Hernández escribe al fin de su poema: «...quiero olvidar
mi nombre para siempre/ y morirme de vida/y no de muerte»). Hay otras
muestras de eficiencia y profundidad: Señor, Gentes,
Imagen, El canceroso, Lluvia, Documento psiquiátrio,
Ultimo deseo, Bajo el tiempo, Moscas, Es tan profundo,
Vivimos los días, Sacad de este árbol, y No
hay nada que agregar, entre otros.
La música elocuente se ha convertido en música interior o
música de ideas. La poesía, entonces, toca el misterio y,
al tocarlo, lo piensa y hace que también el lector piense.
Vladimir Holan, el gran poeta checo del siglo XX, que falleció en
1980, dijo alguna vez:
—La poesía es el misterio. Debiera ser la precisión.
Digamos que la precisión en el misterio, o acaso la precisión
del misterio.
En sus instantes de mayor lucidez, Sergio Hernández se aproxima
al misterio: lo roza con un soplo, y el soplo es como las alas de un colibrí
que nunca dejarán de palpitar. Y el corazón del colibrí
es el tic-tac del estremecimiento. Dicho de otro modo: el parpadeo del
espíritu que en su poesía jamás se interrumpe..